Hay victorias que son solo victorias. Hay otras que cargan con el peso de toda una historia. La que firmó Ai Ogura el pasado domingo en Assen pertenece a la segunda categoría, y cualquiera que lleve tiempo siguiendo este deporte lo sabe.

22 años. 7.952 días, según algunas cuentas. Así de larga ha sido la espera desde que Makoto Tamada ganara en el Gran Premio de Japón de 2004 hasta que un piloto de su país volviera a cruzar la línea de meta en primera posición en MotoGP. Una eternidad en términos deportivos. Una cicatriz que ha ido cerrándose muy despacio.

Ogura lo hizo en La Catedral, en Assen, en uno de los escenarios más míticos del motociclismo mundial. Y lo hizo con una limpieza y una frialdad que asusta para alguien que apenas está en su segunda temporada en la categoría reina. Superó a Jorge Martín. Superó a su compañero Raúl Fernández. Y superó también un problema mecánico en la parte trasera de su moto que en cualquier otro piloto hubiera podido con la carrera. Ai Ogura no miró atrás. Ni una vez.


Pero para entender lo que significa este triunfo hay que retroceder mucho más que 22 años.

Hay que pensar en Norifumi Abe, "Norick", el chico de Tokio que apareció como wild card en el GP de Japón de 1994 y casi le gana a Michael Doohan y Kevin Schwantz. Valentino Rossi, que lo vio desde casa por televisión, quedó tan impresionado que adoptó el apodo "Rossifumi" en su honor. Norick era puro fuego, un fenómeno capaz de arrastrar masas. Murió en 2007 con 32 años, atropellado por un camión mientras circulaba en scooter por Kawasaki. Una tarde de octubre, sin más. La vida, que es muy injusta.

Hay que pensar en Shinya Nakano, uno de los pilotos más completos y queridos de su generación, que convirtió el GP de Japón de 2004 en algo especial subiendo al podio junto a Tamada con la Kawasaki. Un equipo privado, un piloto japonés, un podio en casa. Esas imágenes todavía duelen de lo bonitas que son.

Hay que pensar en Makoto Tamada, el último ganador antes de Ogura. Dos victorias en 2004, en Brasil y en Japón. La segunda, en Motegi, con todo el país mirando. No volvió a ocurrir. Nadie imaginó que tardaríamos más de dos décadas en verlo de nuevo.

Y sobre todo hay que pensar en Daijiro Kato.

Kato es el nombre que no se puede pronunciar en el paddock japonés sin que algo se apague un poco. El campeón del mundo de 250cc de 2001, el piloto que ganó 11 carreras en una sola temporada en una categoría que dominó con una naturalidad pasmosa, el hombre llamado a ser el gran referente japonés en MotoGP durante años. Murió el 20 de abril de 2003 en un hospital de Japón, dos semanas después de un terrible accidente en la primera vuelta del Gran Premio de su país en Suzuka. Tenía 26 años. Suzuka nunca volvió a albergar un Gran Premio.

El motociclismo japonés lleva más de veinte años cargando con esa ausencia.


Y luego llegó Shoya Tomizawa, la otra herida que nunca acaba de cerrarse. Un chico de 19 años que ganó la primera carrera de la historia de Moto2 en Qatar con casi cinco segundos de ventaja. Cinco segundos. Prometía todo. Lo daba todo. Murió en septiembre de 2010 en Misano, en la carrera de San Marino, después de una caída y el golpe de dos motos a gran velocidad. Era la nueva generación, la que iba a continuar lo que Kato no pudo terminar.

Japón ha visto morir en la pista o cerca de ella a dos de sus mejores pilotos antes de que pudieran cumplir los treinta años. Eso deja marca. En las familias, en los equipos, en los aficionados que llevan camisetas viejas con números que ya nadie usa.


Todo ese peso, toda esa historia, estaba en Assen el domingo.

No en el asfalto. No en las banderas. Estaba en los ojos del equipo Trackhouse cuando Ogura cruzó la línea de meta. En las pantallas de los paddock clubs japoneses a miles de kilómetros de distancia. En quienes recuerdan a Kato cada vez que un piloto de su país sube a un podio y piensan en lo que pudo ser.

Ai Ogura es tímido, reservado, trabajador. No es Norick Abe ni su carisma explosivo. No es Kato y su dominancia aplastante. Es él, con su manera particular de hacer las cosas: sin ruido, sin aspavientos, devorando posiciones vuelta a vuelta hasta que no queda nadie por delante.

Y eso también es Japón.

El sol vuelve a salir. Tardó 22 años, pero ha salido.