Hay personas que no mueren del todo. Que dejan en el mundo una huella tan honda que el tiempo, en lugar de borrarla, la va profundizando. Ayrton Senna da Silva es una de ellas. Hoy, treinta y dos años después de aquel oscuro domingo en Imola, sigo sin encontrar las palabras exactas para hablar de él. Y, sin embargo, algo me empuja a intentarlo.
Lo curioso de Senna es que, para quienes le seguían, nunca fue solo un piloto de Fórmula 1. Era algo más difícil de definir. Había en su forma de conducir una intensidad que iba más allá de la competición, algo que rozaba lo espiritual. Cuando ponía el casco y se cerraba la visera, parecía que entraba en otro estado. Como si el resto del mundo desapareciera y quedara solo él, el coche y una verdad que solo él podía ver.
«Cuando estás en un Gran Premio y tienes la sensación de que todo va bien, de que el coche va como debe... hay momentos en que trasciendes tus propios límites».
Él mismo lo describió así, con esa honestidad desarmante que le caracterizaba. No era arrogancia lo que desprendía, aunque a veces lo pareciera desde fuera. Era convicción. La convicción de alguien que ha encontrado su lugar en el mundo y lo habita sin disculpas.
Todos hablan sobre sus actuaciones bajo la lluvia. En esas carreras bajo el aguacero donde Senna se convertía en algo sobrehumano. Mónaco 1984. Donington 1993. Actuaciones que la lógica no alcanza a explicar del todo, porque la ventaja que sacaba no era solo técnica. Era como si la lluvia y él hablasen el mismo idioma, uno que los demás simplemente no llegaban a escuchar. En esos momentos, verle conducir era un privilegio extraño: la sensación de estar ante algo que no debería existir, pero que existe, y que te deja sin aliento.
También era profundamente humano. Quizás ese es el rasgo que más se ha perdido en la mitología que lo rodea. Detrás del héroe había un hombre que lloraba en los podios, que rezaba antes de subirse al coche, que donaba parte de su fortuna en silencio para que niños brasileños pobres tuvieran libros y comida. Un hombre que un día bajó de su coche en medio de una carrera para socorrer a un rival accidentado, olvidando por un momento todo lo que estaba en juego.
Ese domingo de mayo en Tamburello nos robó algo que nunca volveremos a recuperar. No solo a un campeón, no solo a un genio de la velocidad, sino a alguien que nos recordaba que dentro de un deporte de máquinas podía latir, todavía, algo irreductiblemente humano.
Treinta y dos años. En Brasil, su país, le siguen llorando como si fuera ayer. En los circuitos del mundo, su número 12 flota en la memoria colectiva de quienes vivieron aquella época. Y en las pantallas donde los más jóvenes descubren sus imágenes en blanco y negro, en ese verde y amarillo inconfundible, algo sucede. Una chispa. El reconocimiento instintivo de que están ante alguien distinto.
No sé si alguna vez tendremos otro Senna. Me inclino a pensar que no, y no lo digo con tristeza, sino con la gratitud extraña de quienes saben que fueron testigos, aunque fuera a distancia, de algo irrepetible. El mundo de la Fórmula 1 siguió adelante, como debía. Llegaron otros grandes. Pero hay un vacío con su forma exacta que ningún otro ha podido llenar.
Nunca tendremos al "nuevo Senna" porque Ayrton Senna da Silva solo existe uno.




